Una máquina aceleradora de partículas, con más de 27 km de trayecto, una estructura jamás antes vista, ni imaginada por el ser común. El destino del mundo, tal como lo conocemos, en manos de 2.500 físicos e ingenieros, de riguroso proceder científico, pero con almas corrompibles.
La locura a la vuelta de la esquina, corriendo a la velocidad de la luz, el poder de la creación y la destrucción final tan solo vale unos cientos de millones de dólares.
Mientras uno, desde su pequeñez infinita cree tener el poder de cambiar la conciencia del otro.
Nuestro mapa de mundo, tan distinto al de los demás, tan irrelevante... mínimo, discreto.
Un territotio indefinido, abstracto. Una sola lágrima verdadera, entre millones de sonrisas falsas.
Así me desperté hoy, distante, con la humedad atravesando las paredes de mi casa, con los pies fríos y el alma rebelde, con un nudo en la garganta, absorviendo la frustración de la materia, y el dolor de la conciencia, como un agujero negro.